Lee un capitulo de la novela La mirada del mar

Modesta 

Al día siguiente la madre de Cristóbal se despertó más temprano que de costumbre; sin alterar la expresión serena de sus ojos, atravesó el torrente de luz de la cocina, preparó café, se sirvió una taza con leche y dejó el resto en la greca para que sus hijos, tan pronto se levantasen, disfrutasen del negro brebaje.

Desayunó un trozo de migote de pan con aceite, limpió sus manos en el viejo delantal negro, cogió su rosario y caminó en dirección a la iglesia del pueblo. Caminó despacio, llena de aflicción y temores ocultos; se preguntaba si no había sido un error permitirle a su marido que le pusiera a su hijo mayor el nombre de Cristóbal en honor al aventurero descubridor de América. «Los nombres tienen su propia fuerza y este, en particular, lo tiene y algún día despertará en él la maldición del viajante, y el mar me lo robará», pensaba la mujer.

No consiguió terminar el pensamiento. Suspiró profundamente mientras se concentraba en vano ante aquella realidad. Su hijo, muy a su pesar, era un hombre de mar y no podía competir con eso. La verdad era que siempre había sentido que pugnaba con las saladas aguas del océano por el amor de su hijo, y estas le habían ganado.

Desde muy temprano se había inclinado por el oficio de marinero. Primero fueron sus sueños infantiles de grumete, luego aprendió en detalle los oficios propios del pescador: curar y limpiar los botes, hacer amarras y nudos, preparar cebos y carnadas, arreglar y lanzar redes. Cuando tuvo más edad se convirtió en pescador de los pequeños botes pesqueros que practicaban la pesca artesanal. Asimiló todo lo que tenía que ver con el manejo de las velas, los gratiles, las balumas, los sables, las escotas y las jarcias. Se esforzó por comprender las

corrientes marinas y los vientos alisios, por aprender a hablar con las estrellas para evitar quedar a la deriva en alta mar, a usar un reloj como puntero y a manejar el sextante.

Todo lo necesario y más para comprender y respetar la inmensidad del océano. Cuando tuvo suficiente conocimiento se alistó en las embarcaciones de mayor calado, donde llegó a vivir largas jornadas de pesca en alta mar, la mayoría entre diez y quince días, en el norte de África y frente a las costas de Dakar. Y tan pronto tuvo la oportunidad aprendió toda la simbología de la Ciudad Nave de San Cristóbal de La Laguna, la ciudad de los marineros, tal como se lo había indicado uno de sus sueños.

Modesta siguió caminando en dirección al templo mientras sus pensamientos ascendían hacia ella y oprimían fuertemente su corazón. «La culpa fue sin duda de mi marido, por bautizarlo con ese nombre cuando pudo llamarlo José», seguía pensando. Aceptó el nombre, muy a regañadientes, porque el padre Mario al momento de bautizarlo le mencionó que Cristóbal significaba «el que lleva a Cristo», que no tenía nada que ver con el mar.

Ella, devota creyente y ferviente católica, tomó aquello como una buena justificación para evitar que su hijo se enamorase perdidamente del mar; pero vivir en una isla hacía de aquello una tarea harto difícil.

En ese momento, sentía en su corazón una mezcla de alegría, angustia y sufrimiento; no encontraba palabras para expresar sus emociones, solo pensaba: «Mi hijo no nació para las faenas del campo como tal vez lo hicieron sus hermanos». Continuó caminando y envuelta en medio de todos esos pensamientos y recuerdos cuando vio alzarse frente a ella la iglesia de Playa Blanca, blanca, menuda, como hecha de brumas de mar.

Entró al templo y se persignó. El sol matutino se filtraba tímidamente por los agujeros del tejado permitiéndole ver el rostro de la patrona, la Virgen del Carmen. Se sentó en un banco frente a la imagen de la santa y abrió sus ojos pugnando por una explicación. Volvió a persignarse y, rosario en mano, empezó a murmurar lo que parecían rezos de avemarías y padrenuestros. Cuando concluyó, abrió un diálogo silencioso y cristalino desde el fondo de su corazón con la virgen.

—¿Me lo cuidarás? Es grande, valiente, buen hijo, pero aún debe aprender cosas. Cuando sienta hambre, ¿quién lo saciará? Tú fuiste madre y sabes que toda madre, desde que lleva a su hijo en el vientre, trata de darle bocado.

» Y si no encuentra la felicidad, ¿me lo devolverás? Porque en mi regazo siempre será mi pequeño hijo.

» Cuando sienta frío en alta mar, ¿le darás calor? ¿Lo protegerás con tu manto? ¿Lo cubrirás con tus brazos como yo lo hice cuando apenas era un niño?

Dejó vagar la mirada a su alrededor. Los candelabros asomaban pálidos trozos de vela, tal vez con las peticiones de otras mujeres. Con los ojos conmovidos por el llanto, contempló al santo niño y a la Virgen del Carmen, las únicas efigies en las cuales tenía puesta su atención.

Entre lágrimas revivió cada capítulo de la infancia de su hijo. Lloró mucho y por largo rato. Luego se levantó del banco donde había permanecido sentada, se persignó nuevamente y salió por las puertas laterales del templo para ir de regreso a casa.

Mientras caminaba iba pensando: «Nosotros, las gentes de estas sufridas islas, sentimos todo, pero nos cuesta trabajo entenderlo. La vida nos golpea y nos desgarra por todas partes». Caviló sobre esta y otras cosas que la perturbaban como madre.

Luego pensó que era muy probable que sus hijos ya se hubiesen levantado, por lo que decidió apurar el paso. Llegó a su hogar, se introdujo sigilosamente a la cocina y se tropezó con Cristóbal, quien impacientemente la esperaba para conversar. Sus hermanos menores ya habían salido para la faena. El más chico, a alimentar a los cerdos y los otros dos, de camino al huerto familiar. Cristóbal y Modesta estaban en ese momento a solas.

Las arrugas de su rostro hablaban por sí solas de lo que había vivido y padecido por sus hijos, y sus ojos agrandaban su expresión en señal de preocupación por una conversación que no deseaba sostener con su hijo.

—¡Buenos días, hijo! ¿Te pasa algo? —preguntó ella.

Él respondió con un gesto de negación.

—Entonces ¿por qué no has salido de faena? Me miras de forma extraña, ¿me quieres decir algo? —Modesta, al igual que todas las madres, había nacido con el don de la premonición y podía anticiparse a los sentimientos y pensamientos de su hijo. Volvió a preguntarle, evitando en lo posible demostrarle que sabía lo que estaba ocurriendo—: Hijo, pensaba que habías salido con el viejo Cabrera y su tripulación a pescar… pero sigues aquí. ¿Te ocurre algo?

Cristóbal se quedó mudo por un buen rato y, cuando Modesta estuvo a punto de darle la espalda para seguir a la estufa, Cristóbal tomó un largo sorbo de café en su añejo tazón de peltre, y seguidamente le respondió:

—Mamá, no quise embarcar con ellos, necesitaba hablar con usted. Tengo algo importante que comentarle.

—No me asustes, hijo. ¿Qué te pasa?… Espero que sea que te me has enamorado de

alguna de las niñas de la iglesia. Las dos hijas de María son muy guapas. —Con esas palabras Modesta trató de prolongar la conversación para evitar enterarse de aquello que no deseaba escuchar, lo que parecía inevitable. Su hijo ya era un hombre, en cualquier momento debía marcharse para hacer su propia vida.

Respirando pausadamente le respondió:

—Mamá, he decidido abandonar Lanzarote.

—¿Qué…? ¿A dónde vas? —preguntó ella.

—Me marcho a Venezuela, quiero probar suerte.

—¿Venezuela, hijo? Pero, por Dios, ¡qué viaje tan largo!… Y ¿por qué Venezuela?, ¿Qué buscas ahí? ¿Cómo te irás hasta allá?

—Buscó mejores derroteros, pero sobre todo quiero ayudarte. Aquí simplemente no puedo, no nos alcanza el dinero. ¡Mira tus manos! No se merecen el maltrato al que están expuestas de tanto lavar y planchar ropas ajenas para darnos de comer. Usted y mis hermanos se merecen una mejor vida, y aquí en estas islas no tenemos eso.

—Hizo una pausa y exclamó—: ¡La verdad, mamá, ni para Dios ni para Franco existimos! —Sus azules ojos se clavaron en el rostro de su hijo; permaneció en silencio, como intentando añadir algo, pero no encontró palabras.

Los fuertes rayos de sol entraban por la ventana de la cocina como escarapelas doradas. En alguna parte de la costa, las gaviotas lanzaban convincentes sonidos al océano Atlántico que entraban por las ventanas y el pórtico de su hogar. Modesta miró a su alrededor y soltó una lágrima. Intentaba contener el llanto que arrastraba por dentro, pero no pudo evitar que un par de pequeñas gotas de sufrimiento se resbalasen por sus mejillas.

—Sabía que esto iba a pasar. Por eso hoy me fui temprano a hablar con mi virgencita para pedirle que no te alejara de mí, que te cuidara. Pero, como dicen en este pueblo, «debe ser que rezo tan bajo que ni Dios ni mi virgen me escuchan».

—Mamá, no llores, por favor. Sabes qué debo hacerlo, aquí no tenemos futuro.

—Tras una pausa, en un tono que no dejó ningún margen para la duda, comentó—: Me duele dejarla, pero creo que es la única manera de ayudarlos, son muchas las historias que hay sobre Venezuela y sus oportunidades.

Ella lo interrumpió y no lo dejó terminar la frase.

—También son muchas las historias de fracasos…

Cristóbal no deseaba justificarse. Ya había tomado una decisión, por lo que siguió adelante con su relato.

—Anoche estuve con Jonay y otros dos amigos. Antonio, su hermano, ¿lo recuerdas?, ya tiene trabajo en una empresa de construcción y lo mandó a buscar. Le ha comentado en una carta que ese país es una tierra de oportunidades para el que quiere trabajar, que a los canarios nos reciben muy bien; tanto, que la llamamos nuestra octava isla.

Modesta lo volvió a interrumpir:

—¿Cómo piensas ir? Para viajar hasta allá tienes que ir hasta Tenerife y desde allí tomar un barco. Eso cuesta dinero. Luego están los documentos de viaje que tampoco tienes. Necesitas una carta de invitación y obtener un permiso del gobierno para salir; eso también cuesta mucho dinero… Y tienes que responder muchas preguntas.

—Mamá, me iré en un barco fantasma, en ellos el pasaje cuesta menos.

Aunque Modesta ya lo había advertido y sabía que esos viajes eran comunes en las islas Canarias, se asustó y le comentó, ahora alzando levemente el tono de su voz:

—Hijo, por cada historia de oportunidades en esos benditos barcos, te puedo contar otra de naufragios, de desaparecidos en alta mar y de gente que está en prisión. Perdí a tu padre en una guerra entre hermanos que, además, ganó Franco; no quiero perderte a ti debido a lo que por culpa de esa guerra seguimos padeciendo.

—Mamá, papá tomó una decisión porque creía en otra España y murió por ello. Pero para mí se trata de escoger entre un presente sin futuro y un futuro tal vez incierto, pero con las promesas de esperanza que aquí no tengo.

—¿Cómo piensas pagar el viaje?

—Tengo algo de perras guardadas de la herencia que dejó mi padre; tomaré un par de cerdos y cabras para intercambiarlos y así completar lo que me falte. Prometo que te devolveré el dinero de los animales tan pronto tenga trabajo.

—Veo que lo tienes todo decidido. Creo que ya en este punto mi opinión cuenta muy poco.

—No es eso, mamá. Siempre tendré frío cuando baje el sol, siempre te tendré presente, pero debo intentarlo. Esto es algo que no puedo hacer sin tu apoyo ni sin tu bendición —le afirmó.

—Y ¿si al final no encuentras lo que buscas?

—Me regresaré derrotado con mi cruz a cuestas.

—Entonces, hijo, yo te ayudaré a cargar la cruz para que no la lleves solo… Esta siempre será tu casa, aquí te esperaré con los brazos abiertos. Espero que mi virgen te acompañe y te proteja.

Modesta no pudo evitar llorar, y él tampoco logró contenerse. En ese momento ambos sintieron un fuerte dolor en el pecho. Separarse de los seres queridos trae consigo algo muy desgarrador que solo el que lo ha vivido puede describirlo con las palabras adecuadas. Es un dolor por el cual no se desea pasar dos veces. Se abrazaron con firmeza, ternura, calor. Él la besó en la frente, y ella lo hizo en la mejilla.

Modesta tomó como propias las palabras de otros vecinos de la isla y se las susurró a su hijo: «La pobreza de estas tierras y la dictadura han sido la causa de la separación de muchas familias. Es muy injusto y Dios no debería permitirlo».

Un pensamiento desolado palpitó tímidamente en las cenizas de su cabello que de castaño comenzaba a ser gris: «¡Cuídalo! ¡Cuídalo como lo has hecho cada vez que se ha internado por un par de semanas en las costas africanas a pescar; como cuando de niño le dio fiebre y me lo salvaste! ¡Que no muera! ¡Que regrese!».

—Dios te bendiga, mi amado Cristóbal —le dijo en suave y maternal voz. Las lágrimas corrían por el rostro de Modesta. Las enjuagó confusa—. A las mujeres nos gusta llorar, hijo, lo hacemos cuando sentimos tristeza y cuando estamos alegres…

—¡Te quiero, madre!

—¡Yo también! ¡Yo también!

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