Tus ojos

Fidel Angel Salgueiro

El verano era incipiente y aunque la temperatura en la gran manzana era agradable, en esa época del año, una fuerte sensación de calor y humedad se respiraba dentro del modesto apartamento, que alguna vez fue el sacrosanto lugar de un cantante, un templo fama.

Varios periódicos, añejados por el tiempo, se esparcían desordenados por el suelo y dibujaban, en medio de tonalidades grises, la reseña de toda una exitosa vida musical.  Una montaña de discos de vinilo, en su mayoría del sello Fania Records, reposaban sobre el mueble del equipo de sonido. La escena era propia de un imaginario santuario de estrellas musicales; como si los grandes soneros del Caribe, Tito Rodríguez, Ismael Rivera, Daniel Santos, Benny More, Chuito el de Bayamón, Felipe Pirela o Santos Colón se encontrasen bebiendo ron y cantando en coro alguna imaginaria canción.

Se detuvo frente al tocadiscos. Notó que sus manos temblaban. Con mucha dificultad tomó el LP José Curbelo & Orquesta: Wine, Woman & Cha-Cha-Chá, colocó el vinilo en el plato del viejo tocadiscos Piooner, puso la ajuga en el primer track The Hissing Cha Cha y pronto el mágico piano de Curbelo empezó a fluir, acompasada al fondo por la clave. Pronto la melodiosa voz de Santos Colón se empezó a sentir.

Un asonancia sencilla, serena, sin ornatos y casi perfecta cubrió musicalmente al pequeño apartamento, oloroso a nicotina y colillas de cigarrillo.  El piano sonaba al trasfondo. Se sirvió en un vaso corto, un trago de Johnnie Walker Red en las rocas, mientras buscaba con cierto desespero la cajetilla de cigarrillos.

Encendió un pitillo y le pidió disculpas a Santos Colón por no estar frente al tocadiscos para escucharlo, pero tan pronto sintió el siguiente estribillo de la clave caminó pausado al salón principal y comenzó un soliloquio, un dialogo personal, con la tristeza.

«Crecí sin madre y nadie debería crecer sin ella. La perdí siendo muy niño. Su muerte ha dejado en mí un vacío que jamás alcance a llenar. A los 14 años esa misma sensación de estrechez me llevo a pensar que, no estaba haciendo algo importante con mi vida. Abandoné la escuela y me dediqué a cantar, quería ser un sonero. De pronto me encontraba cantando boleros. Los clásicos cubanos y puertorriqueños habían atrapado mi alma y como muchos boricuas decidí marcharme a Nueva York a buscar fama y fortuna.

La tarde que tome la decisión de venirme a los Estados Unidos, mi padre me dijo: «Nueva York no es para ti, recuerda lo que pasó con tu hermano.» El viejo Pérez tenía un miedo infinito de que tuviese el mismo final de mi hermano mayor que, había muerto a causa de una sobredosis de heroína.  Discutimos agriamente, me dio una bofetada y me gritó:  «si te vas olvídate de que tienes familia en Ponce.» Aquello me destrozó el alma. Le dije adiós a mi viejo y a mi amado Puerto Rico. Aquello fue una gran ruptura emocional para mí, necesitaba la bendición del viejo…»  

El humo del cigarrillo desdibujaba su imagen. En la papelera descansaba una botella, del mismo escoces, vacía. En el fregadero y las encimeras se apilaban los platos sucios de muchos días. La aguja había cambiado al siguiente track y ahora sonaba la pieza Melody in cha cha.  El hogar olía a rancio. «Hay un aroma de tristeza, quizás ese sea el olor que respiras cuando te sientes derrotado y el final se aproxima.» Pensó.

«En 1963 llegue a Nueva York, tenía dieciséis años y estaba cargado de sueños e ilusiones. Era una noche helada, sin luna, con un cielo negro y lleno de estrellas. Me traslade a la casa de mi hermana que, vivía en una de esas barriadas sucias pero rítmicas de latinos y negros, donde las pandillas, jibaros y desempleados vendían droga al menudeo y los músicos cañoneros siempre andaban buscando la oportunidad para sonar en algún baile.  Fue con la música de la calle que me adentré en la salsa y en esas mismas esquinas también conocí a la heroína.  

Como todos los latinos, antes de alcanzar el sueño americano, hice de todo. Vendí bisuterías en los mercadillos, trabajé en una fábrica de bolígrafos. Fui maletero, mensajero, camarero y hasta conserje.  

En 1967 cambio todo. Un amigo de la infancia, en ese momento, vocalista de una orquesta que tocaba en uno de los míticos clubes nocturnos de la parte latina del Bronx, una noche me pidió que lo acompañara. En su orquesta había una oportunidad para ingresar al coro y él pensó que yo la podía aprovechar.

Roberto empezó a cantar Tus ojos, un bolero, suave y dulce. Creo que sentí que a su interpretación le faltaba alma callejera. Lo interrumpí y dije: «¡Coño, chico! hay una manera chévere de cantar esa pieza, permíteme mostrarte como…»Me cedió el micrófono, monté en la tarima, le pedí un tono a los músicos y de mi garganta salió «Hoy miré tus ojos, tus ojos tan lindos, tus ojos tan verdes…».

Para mí el bolero es la esencia del Caribe. Yo empecé cantando boleros y aquella noche la fascinación por el estilo me llevaron a acompasar Tus ojos con la inspiración de los grandes soneros de Puerto Rico.

Sin proponérmelo me quedé con el puesto de vocalista de la banda y ese mismo día tomé una decisión radical, o vivía del canto o me moría de hambre, así que mi existencia se fundió con la música latina en una especie de destino.  En New York nació la salsa y nací yo como cantante»

Soltó la larga bocanada de humo que tenía contenida en sus pulmones y la azulada humareda recorrió nuevamente el lugar. Sacudió tenuemente el trago de whisky y el sonido de los cubos de hielo, se extravió una vez más en las notas del piano de Curbelo. La música se desplazaba hipnótica, melancólica.

Los compases musicales iban y venían persiguiendo a su alma extraviada. Por momentos el golpeteo del mar se hizo presente y los enigmáticos aromas de playa en la costa del viejo San Juan y los olores del salitre, ron y coco recorrieron la casa.

«Como me gustaría regresar a casa.» Pensó

«Contaba con veinte años y cantaba para la orquesta del pianista Russell Cohen, cuando un director de orquesta dominicano llamado Johnny Pacheco, pasó por el local nocturno donde sonábamos. Me vio cantar y dijo: «¡Que bien cantas! ¿Cómo te llamas?»  «Héctor Pérez» «Con ese nombre no llegaras a ningún lado. Tendremos que buscarte otro» Sonreí. Pensaba que no hablaba en serio.»

Soltó otra bocanada de humo, se refugió entre las notas de la conga de Mongo Santamaria y se dijo para sí mismo

«En otoño de 1967, cantando en el Ponce Social Club con la orquesta The New Yorker. Johnny Pacheco se presentó nuevamente en mi espectáculo. Vino acompañado de un tipo con un increíble olfato para el negocio de la música latina, Jerry Masucci, y de un joven trombonista y arreglista nuyorican, apodado en el Bronx latino como El malo.

«Queremos que cantes para Willie» Mirando fijamente a Willie Colón respondí: «Yo no quiero grabar contigo» Pacheco y Masucci me convencieron con las palabras: «Tendrás éxito, llegaras a ser tan famoso como Daniel Santos o Tito Rodríguez». También me convencieron de que cambiase mi apellido al de Lavoe, la Voz en francés. » Sonrió.

«Cerrando el 67 lanzamos al mercado nuestro primer LP juntos, El Malo que se convirtió en el primer éxito musical de Fania Récords, el sello Motown de los músicos latinos. El éxito nos agarró por sorpresa. Nadie sopesó que esto nos podía pasar. Bueno Jerry Masucci, siempre lo supo, entendía el negocio de la salsa, su mezcla con el jazz y la cultura de la calle.

Como me sentía extranjero en New York, me acerque a Puerto Rico, a través de los barrios latinos de Harlem y del bajo Manhattan. Era mi forma de dejar atrás ese sentimiento de no pertenecer a ningún sitio. Todos sabían que en el Bronx latino había fiestas con alocados ritmos afroantillanos. Si la consigna para los blancos era sexo, drogas y rock and roll, para los barrios latinos empezaba a ser sexo, drogas y salsa.  La comunidad latina de la gran ciudad necesitaba definir una propia identidad.

A finales de los sesenta la preocupación de los jóvenes era la guerra de Vietnam y el servicio militar obligatorio. Los blancos tenían el rock, los negros tenían el jazz, el blues y el bebop. Nosotros mezclamos nuestras congas con la sonoridad del Jazz y en poco tiempo nos convertimos en la banda musical que les daba vida a los miles de latinos del Bronx.

Willie Colon y yo fuimos para la salsa lo que los Beatles para el mundo del rock y nos pasó lo mismo que a Lennon, McCartney, Harrison y Ringo Starr con George Martin. Nunca vimos el dinero que hicimos, solo vimos la fama y los conciertos repletos de gente y si queríamos algo… simplemente aparecía. Masucci se encargaba.

Lo que inventamos fue una música que le pertenece a la calle, lo hispano, taino y africano. Nos reuníamos en cualquier vente tú, en cualquier esquina, cualquier patio y desde allí recorríamos una autopista por la que circulaban los sones, las guarachas, la bomba y la plena.

Fueron las tumbadoras de tipos como Mongo Santamaria, Chano Pozo o Ray Barreto; los timbales de Tito Puente, Eddy Montalvo y Oreste Vilató; el piano de los hermanos Eddie y Charlie Palmieri, José Curbelo, Papo Lucca y Larry Harlow, las que hicieron Our Latin thing.

El resto lo puso la portentosa mujer del Caribe, con su sabor, el rítmico movimiento de su cintura y la desbordante sensualidad con la que vino al mundo. Ellas son las que escribieron el resto de la historia.

La salsa y el bolero son mágicos, son una poderosa expresión de nuestra cultura. Es la mezcla de los cantos andaluces y las guitarras españolas con el sufrimiento y la alegría de los ritmos africanos. Es mi esencia de sonero. »

Respiró profundo y bebió lo que le quedaba al vaso de whisky.

«Después del éxito de El malo, Willie y yo lanzamos dos LP, Hustler y Guisando con los cuales nos convertimos en los reyes del Bronx y el bajo Manhattan, pero sin dudas nuestro éxito se consolidó con Our thing. Ese LP tenía una canción bien chévere, que me trajo mucho dinero, una mujer y mis hijos… Che, che cole»

La pieza Sun Sun Babae había finalizado. Encendió un nuevo cigarrillo y su rostro se escondió detrás de la primera bocanada de humo.  Se sirvió otro trago de whisky y se dirigió al tocadiscos donde puso a sonar el vinilo Oye como va de Tito Puente y Santos Colón. Posó la aguja en el track Tus Ojos y empezó a recordar sus historias de amor.  Sus crónicas de vida ahora estaban repletas de romance, sensualidad y tragedia.

»Afuera del local hombres y mujeres fumaban con cierto desespero mientras aguardaban para entrar. Llegado momento, a Carmen y su amiga el custodio de la entrada les pidió el carnet de conducir. Debía verificar que eran mayores de edad. Las dejó entrar.

Caminaron hasta el centro del salón de baile. Una lámpara majestuosa y de piedras brillantes estilo victoriano colgaba en el centro del local: —está lindo el lugar—comentó Carmen a su amiga —ven acerquemos para que veas qué bello es el cantante. —respondió la amiga.

El humo del cigarrillo envolvía al local. En la pista de baile los cuerpos se contonean al ritmo del bajo, los bongó y las trompetas. No cabía un alma más. De pronto, la mirada de Carmen se centró en una voz potente que cantaba a manera de reclamo:  cuando mis ojos se fijaron en los tuyos, un mutismo de mi vida se ocupó…»

«Fue amor y deseo a primera vista. Las mujeres son la mejor parte del sueño de la fama. Son la esencia de la vida…  Cantando me enamoré de Carmen, un amor inmortal. Con ella tuve mi primer hijo. No quiso casarse conmigo porque decía que «yo era un tipo mujeriego.» Ese fue mi gran amor y despecho. A ella le dedique un bolero llamado Ausencia.…

Estando con Carmen salía con la Puchi con quien tuve a Héctor Junior. Nos casamos y vivimos una historia de amor de encuentros y desencuentros, tratando de reinventar la pasión como un largo poema sin final, una obra de teatro shakesperiano. Esa relación llegó a mi vida junto con la popularidad. Un drama sin final, complejo y muy traumático.

Entre 1970 y 1973, Willie y yo lanzamos La Gran Fuga, Asalto Navideño, El Juicio, Lo Mato, Asalto Navideño Vol. II y The Good, The Bad, and The Ugly, donde retratamos la esencia del barrio. Casi todo lo que hicimos en esos LP se convirtieron en éxitos musicales, himnos de la salsa y la música Latina. Calle Luna, Calle Sol; Aguanilé, Barrunto; El día de mi suerte; Juana Peña o Señora Lola sonaban en fiestas y emisoras de radio. Ese año el Jazz se volcó a mirarnos y nosotros nos volcamos a mirar el Jazz.

Es extraño pero, mientras nosotros teníamos aquel éxito, en América Latina pasaban muchas cosas.

Se instalaron las dictaduras militares en el cono sur; el che Guevara moría en Bolivia; Francia transformaba al mundo con el Mayo Frances; la película porno Garganta profunda se convertía en éxito de taquilla y destape sexual; en Puerto Rico, al son del golpe a golpe musicalizado del poema Cantares de Antonio Machado, se presentó Joan Manuel Serrat para dejarnos la escuela de la letra como parte de la canción; Jane Fonda, que estaba en contra la Guerra de Vietnam, posó en una foto con el vietcong y pasó a ser conocida como Hanoi Fonda y por primera vez un presidente de Estados Unidos era obligado a renunciar. Fueron tiempos convulsionados, de mucha rebeldía…

El LSD, la heroína y la cocaína entraron en escena como grandes protagonistas de una historia sin final. Todo el universo del jazz, el rock y la salsa las consumían. Bares y locales nocturnos estaban atestados de traficantes. Los promotores me la ofrecían para que soportase el trajín de cantar en varios locales, durante la misma noche. Y una vez que entras en ese oscuro mundo es difícil salir de él. Te atrapa.

En 1973 Willie y yo nos separamos. En mi caso lo hice confundido y dolido porque no quería hacerlo. Estaba demasiado conectado a Colón y su orquesta. Una tarde me dijo: «¡Héctor! tu estas listo para liderar tu propia banda, es momento de que sigas solo». A veces creo que, como el problema de las drogas me había atrapado, Willie se hartó y eso quizás influyó en nuestra separación. Sin embargo me dejo todos los músicos de su orquesta y se convirtió en el productor de mi trabajo. Debía seguir solo».

Soltó una lagrima que lentamente recorrió su mejilla y tarareó  

«Todo tiene su final, nada dura para siempreTenemos que recordar que no existe eternidad…»

Era el cuarto Whisky. Tomó un sorbo. Encendió otro cigarrillo. La pieza Cayuco empezó a sonar y envolvió la pequeña y desordenada habitación con los más inusitados golpes de timbal y bongo. Trató de agarrar, con sus temblorosas manos, los estribillos musicales pero no lo consiguió. A pesar de su pronunciado deterioro físico, el brillo de sus ojos seguía siendo activo e infantil.

«Con la explosión del funk de Sly and the Family Stone y James Brown. Jerry Masucci creó a las Estrellas de Fania que más que una orquesta era un desfile de estrellas musicales. Nuestros camerinos eran una mezcla de alegría refulgente envuelta por la espesa niebla del cigarrillo y los puros, la devoción por la santería y el consumo de licor y drogas.  Lo mejor de la salsa y lo peor de sus vicios lo teníamos nosotros.

La mayoría de los músicos y soneros de las Estrellas de Fania éramos miembros del sello Fania Récords, así que Masucci nos hacía sentir como estrellas de rock, complacía nuestros excesos. Viajamos por el mundo entero en aviones privados. Pusimos a bailar salsa hasta los japoneses y le dimos una nueva vitalidad a la música latina.

El 17 de noviembre de 1973. Nos presentamos en el Coliseo Roberto Clemente en San Juan de Puerto Rico. El lugar estaba harto de gente y Johnny Pacheco había compuesto una canción especialmente para mí. Recuerdo que me presentó:

«Les prometimos música nueva y está aquí. El hombre que cuando abre la boca lo que sale es gasolina, …pero que los va poné a gozá…» Respondí: «se te olvido decir que yo soy el hombre que respira debajo del agua…»

Esa canción fue Mi gente, otro himno de la Salsa. Willie y yo continuamos por caminos separados, pero nos encontrábamos en las Estrellas de Fania. Él era primer trombonista y uno de los arreglistas del experimento de Masucci. En su orquesta, me sustituyó como vocalista Rubén Blades, un cantante y compositor panameño que convirtió a la salsa en música urbana, le dio profundidad y la acercó a la clase media.

Yo era solista de Fania All Star y de mi propia banda y consagre temas como Rompe Saraguey, Periódico de ayer, Juanito Alimaña, Mentira, El todopoderoso y El Cantante, un tema que Blades compuso para mí y que resultó ser el retrato hablado de mi vida. »

«A pesar del éxito, el vacío seguía estando allí. Las drogas y alcohol me tenían prisionero y el fantasma de mi hermano se fue haciendo cada vez más presente. A finales de los 80 asesinaron a mi suegra en Puerto Rico, a la que quería como una madre; mi padre falleció; mi hijo mayor murió accidentalmente por un disparo y mi adicción a la heroína, que me había llevado a compartir jeringuillas, me llevó hasta la terrible enfermedad del VIH La vida había dejado de tener sentido para mí. Intente suicidarme…

Cerro los ojos y pensó «a esas alturas de mi vida, la jeringuilla siempre estaba presente para recordarme que mi peor enemigo era yo mismo». 

» Era una noche de 1992, como siempre llegue tarde. —¿Ya llegó? Pregunto el promotor—Esta en el camerino, luce cansado —respondió la asistente.   

Estaba sentado en el sofá. El promotor se acercó:

 —¿Cómo te sientes?

—agotado —respondí. 

—Te voy a acomodar para que puedas Salir cantar.

De uno de los armarios extrajo una cuchara, un tanto quemada por debajo; un mechero; una jeringuilla, una goma roja y una bolsita con un polvito oscuro. Llenó un vaso de agua a la mitad y agregó una cantidad del polvito en la cuchara, la mezcló con agua y calentó la mezcla con el mechero.

—Arremanga tu camisa.  Tranquilo que todo va a estar bien —dijo.  

Colocó la liga en el brazo, la jeringuilla chupó el líquido y un centímetro delgado de metal, ajeno, extraño, cargado con el peso de la soledad entró en mi torrente sanguíneo y me llevó de nuevo a mis orígenes. Cinco minutos después salí a cantar. Aunque no logre hacerlo. Balbuceaba. Esa noche no pude hacer lo que más amaba hacer. Cantar»

Tito Puente había dejado de sonar. Al fondo se escuchaba el golpeteó de la aguja del tocadiscos contra el surco final del vinilo. Su asistente llegó y lo encontró recostado del sofá, su tez era amarillenta, pálida, estaba en estado hierático. Se percató que algo no andaba bien. Cogió el teléfono y llamó al 911.  

Del otro lado de la línea le informaron que la ambulancia tardaría quince minutos en llegar al sitio. Los Paramédicos subieron rápidamente al apartamento y el asistente los ayudó a cargar al deteriorado sonero en la camilla. Su cuerpo estaba helado y sus mejillas arrasadas por las lágrimas.

Al momento de abandonar el apartamento uno de los paramédicos contempló, colgada en la pared, la placa del Grammy Latino del año 1988. Su rostro era de incertidumbre, como deseando averiguar de quien se trataba. El asistente lo observó y dijo: —: Es el cantante. Un prisionero de fama y de las circunstancias de su vida.  

Al fondo, en otro apartamento, sonaba con estridencia melancólica Tus Ojos, cantada por el propio Héctor Lavoe. Música real de alma real. El nostálgico bolero acompañó a la camilla hasta llegar a planta baja.  Una vez que el responsable de los cuidados intensivos se cercioró de que, los equipos de emergencia eran los adecuados, y estaban conectados correctamente, la ambulancia partió rumbo al Memorial Hospital de Queen, New York.

El ruido de las sirenas y el destello de las luces rojas pronto convirtieron sus recuerdos en imágenes difusas y distantes que durante el trayecto terminaron de desvanecerse.

El 29 de Junio de 1993, el cantante falleció, de un infarto al corazón. Su voz se apagó en horas del mediodía, aunque lo había hecho un par de años atrás. Había muerto el mejor interprete que alguna vez tuvo el bolero Tus Ojos.  El hombre que cuando estaba de frente parecía que estaba de lado, que respiraba debajo del agua.

Publicado por Fidel Angel Salgueiro

Fidel Salgueiro 📚Autor de La mirada del Mar, El extraño caso del asesino del Raval, colaborador del ensayo Coordenadas para un país 💠Coach y motivador 👇🏻 linktr.ee/fidel_salgueiro

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